viernes, 10 de marzo de 2017

Autorretrato I

En mi cuerpo hay poco más de 20 lunares. Mis favoritos son los que se encuentran sembrados en mi rostro y el que tengo en mi muñeca derecha.También, tengo alrededor de 15 cicatrices. Mi favorita está en la ceja izquierda. Esa ceja, es mi rasgo definitorio: el amor a los animales, pero esa es otra historia. Tengo una espalda que mide aproximadamente 37 centímetros. Algunos me dijeron que tengo espalda de hombre, poco femenina y ha sido una de las mayores inseguridades de mi vida. Por eso, casi nunca uso blusas de tirantes o strapless, y si lo hago espero a tener el pelo largo para poder cubrir los hombros. Mis "medidas aproximadas" son 92- 80-94. Muy dentro de mí hay un pavor enorme a ser gorda, porque eso me identificaría con la parte de la familia que nunca ha formado parte de mi vida y que siempre me ha hecho a un lado. También quiero ser delgada por que me recuerda a la fisionomía de mi madre y eso me haría una extensión de ella.


Mi talla de calzado es 5 o 6.
Otro de mis traumas.
Desde  muy pequeña, era la niña que calzaba más grande, y mi abuelita decía (con todo el cariño de su alma) que me debían hacer como las niñas chinas: vendarme los pies para que ya no crecieran. Mis pies me causan mucha vergüenza y apenas estoy comenzando a aceptarlos en su ENORME naturaleza. Todavía no me atrevo a usar sandalias en público.

Nunca me he sentido particularmente bonita.

Sé que mis rasgos difícilmente entran en los estándares de belleza, pero siempre he estado segura que lo más atractivo de mi rostro son los ojos. Amo mirarlos, me encanta maquillarlos, verlos por la mañana, cobijando un pequeñísimo lunar en el párpado inferior. Me hacen sentir muy bien.

También me gustan mis piernas, aunque, nuevamente, para los estándares de belleza, son flaquitas. No hay nada que me haga sentir más atractiva que usar vestidos, faldas, shorts. Me hace muy bien poder mirarme las piernas.

Obviamente, es algo que hago poco.

El disfrute de mi cuerpo se acaba cuando algún tipejo me grita algo en la calle, o me susurra alguna palabra hiriente, o me mira como si fuera un vil pedazo de carne andante.

Hace unos meses, comencé a perder peso porque, después de un diagnóstico de anemia, el doctor me recomendó hacer más ejercicio.

Comencé a correr.

Le dije a C. que por un lado me alegraba perder un par de kilos (nada grave, estaba como 2000 mil gramos arriba de mi peso ideal) pero que con ello se iba las pocas "pompis" que había logrado tener. El me dijo muy serio y cariñoso: "Te ves muy bien. No te preocupes por eso".

Hace unos meses, comencé a ser consciente de las recriminaciones que tengo hacia mi propio cuerpo: mi espalda, mis ojos, mi rostro, mis codos, pies, mis rodillas, mis axilas. Comencé a adueñarme de ellos. Comencé a disfrutar de mi belleza, que si bien, no cumple con los estándares a mí me hace feliz.

Este proceso, lo vivo en secreto. A veces pienso que mi propia existencia me da vergüenza (porque mujer, porque morena, porque hija de la "clase baja", porque tímida, porque debil, porque INSEGURA) y por eso intento ocultarme.

Siempre.

Pero ahora, la ropa, mi cabello, mi propia sensualidad se han vuelto una vía de liberación para los propios grilletes y las críticas que hago en mi anatomía.

Hace cinco años, no me hubiera atrevido a usar un vestido entallado por miedo a que se me marcaran las lonjas. Durante meses me mentí diciendo que nunca me había sentido "realmente" insegura de mi cuerpo.

Lo hecho. Todo el tiempo.

Tampoco es como que ahora no lo esté.

Hay días en los que me siento la guapísima morena morelense que lo puede todo. Pero hay otros en los que recuerdo esa frase sutil, pero asesina: "Sí, ese vestido se te ve bien, aunque bueno, se te nota mucho la espalda, ya sabes, por que la tienes ancha, como de hombre".

Hay días en los que, a pesar de que C. me diga: "Tranquila, todo está bien. Te ves muy bien", mi cabeza dice: "No, no está bien. Estoy horrible. Me avergüenza la idea de que los demás me vean".

Eso pasa porque no tengo un switch en los ojos.

Pero lo intento.

Hay otra cosa que me hace muy feliz. Durante el proceso de aprender a amarme he comenzado a amar, pero sobre todo, RESPETAR el cuerpo de las demás.

Yo creo que cualquier mujer puede usar leggins si eso lo hace sentir cómoda o bella. Cualquier mujer puede pintarse el pelo de rubio, aunque sea morena. Cualquier mujer puede ponerse lo que quiera, si eso la hace sentir bien, segura, hermosa, alegre. Puede ser un pantalón, un hiyab, un escote, tenis o plataformas.

Mi madre nunca se ha depilado las piernas, y le lucen magnificas con vestidos o faldas. Nunca se ha detenido para usarlas. Sé que ella vivió acomplejada por sus piernas flaquitas, pero a pesar de eso, hizo tripas de corazón y siguió usando la ropa que le gusta. Mi madre me dio la primera enseñanza de aceptación del cuerpo.

Ya no me interesa fiscalizar el cuerpo de ninguna otra mujer.

A veces, caigo. No puedo evitarlo.

No me puedo programar como un robot.

Pero, afortunadamente, cuando mi boca está a punto de decir: "Esa mujer no debería...", la mayoría de las veces, una luz violeta se prende en mi cabeza y me quedo callada.

10 planas de: "Me merezco no fiscalizar el cuerpo de las demás".

Ese tipo de comentarios se valen callar.

Pero, todavía no lo logro del todo conmigo.

No necesito que nadie fiscalice mi cuerpo.  Yo lo hago todos los días.

Pero ahí, voy. Paso a paso.
Conociéndome.
Aceptándome.
Perdiendo la vergüenza por este cuerpo.

Hace un año, jamás me hubiera atrevido a tomar una foto como así.
Mucho menos, publicarla.
Hoy, sólo quedan resabios de la vergüenza.




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