Los vientos del sur.

La primera vez que salí de Morelos fue un viaje inolvidable. Conocí el mar, me emborraché por primera vez y le dejé un ojo morado a una de las mejores personas de mi vida. En ese viaje, ni siquiera me imaginaba escribiendo o estudiando letras. Mis planes eran hacerme veterinaria o estudiar diseño gráfico. Sin embargo, estoy segura que ese primer viaje sentó las bases para todo lo que soy ahora. Tenía 17 años y el peor tatuaje de henna que se ha visto en la tierra. 


Desde entonces, los viajes son oportunidades para conocerme a mí misma, y si viajo acompañada, de redescubrir a ese otro que se lanza hacia lo desconocido conmigo. Xalapa fue la segunda ciudad que me cambió por completo, sobre todo en el área creativa. También fue el lugar en el que decidí que si en algo iba a volcar los intereses de mi vida, sería en la literatura. De manera muy dolorosa, también aprendí a estar cómoda conmigo misma, lo que llevó a un montón de procesos de reconocer manías y perdonarme asuntos que había dejado pendientes desde hace mucho tiempo.





Antes de salir por dos semanas de mi casa, una amigo dijo que en ese curso iba a hacer amigos para toda la vida. No pudo estar más equivocada. Aunque tuve la oportunidad de conocer a gente muy talentosa y preciosa, era más bien un momento de conocimiento propio. Los días libres que tuve, los ocupe para viajar sola: aburrirme en Coatepec y empaparme de una lluvia furiosa en Xico. Las noches de Xalapa, las pasaba sola, en un cuarto de hotel, escribiendo y leyendo, mientras mis compañeros se emborrachaban o se inventaban —sí, con todo y cliché— amores de verano.




El tercer viaje trascendental llegó hace poco. Por razones muy personales tenía muchas ganas de conocer Oaxaca. Tengo la costumbre de asociar ciudades con personas, y esa en particular (tanto la persona como la ciudad) eran misterios que se habían vuelto constantes en mi rutina, y uno de mis mayores deseos era que se revelaran ante mí. El 2014 llegaba su fin, parecía que no iba a tener la oportunidad de concocer la ciudad hasta dentro de mucho tiempo. Estaba completamente resignada a que eso no sucedería pronto. Pero entonces, como una especie de milagro de la navidad, estaba yo en Tasqueña esperando el camión que me llevaría a esa lugar, tan emblemático para mí en tantos sentidos. Y lo mejor de todo, es que no lo haría sola. 

Había otra razón por la que este viaje era tan importante. Pasaría la transición del año viejo al nuevo, por primera vez, fuera de la casa familiar.

Es curioso, por que en mi familia nunca ha sido tan arraigado el festejo navideño/año nuevo. Solemos recluirnos en casa, pasándolo juntos haciendo cualquier cosa y comiendo algo que mi mamá preparó. Sé que no suena el plan más festivo, pero creo que la pasamos bien juntos y en un ambiento seguro para cada uno de nosotros.

Pero ahora, me desprendía de la seguridad de mi casa, de la compañía de mis padres. Tenía mucho miedo, estaba sumamente nerviosa.

Sin embargo, pasar el año nuevo en Oaxaca fue la mejor manera de darle la bienvenida a una nueva etapa en mi vida. En el 2015 cumplo 25 años, y comienzo a realizar varias cosas que tengo pendientes, así como soltar personas y sentimientos que sólo me hacían daño.

César, mi compañero de viaje estaba sumamente interesado en mostrarme todo eso que ya conocía, y siento que a través de mí lo vio otra vez, como si fuera la primera. Los mejores momentos de mi estancia en Oaxaca no tienen fotografías: Los rostros de los 43 normalistas en la plaza que está a un lado del zócalo, en hojas de colores no sólo estaban sus fotografías, sino también sus nombres, como un recordatorio constantes de que aún siguen ausentes; la cena con una familia que no era la mía, pero que me acogió con respeto, la llamada de mi primo desde Estados Unidos, las palabras de mi madre y padre al teléfono, los olores y colores en el mercado de la ciudad, su mano tocando la mía mientras huíamos de un conocido entre hileras de alebrijes, rebozos y hojalatería.


El primero de enero del dosmilquince, lo pasé caminando por el andador turístico, con la esperanza de poder conocer el IAGO. No pude hacerlo, pero probé el Tejate, y tuve una de esas conversaciones largas y relajadoras, en Santo Domingo. Ese mismo día fuimos a Monte Albán, un lugar que me permitió olvidarme por completo de todo lo que me esperaba en la ciudad. Lo que me gusta de las zonas arqueológicas, es que pareciera que el cielo se vuelve más azul, y las nubes son más grandes y rellenitas.

Mientras caminaba por esas ruinas, cubiertas de maleza y tierra, me preguntaba si las generaciones futuras visitarían nuestros asentamientos, justo como lo hacía yo ahora, maravillándome de nuevo de la simetría y las capacidades de ingeniería de las civilizaciones ancestrales. Por la noche, probé la nieve de leche quemada, que me devolvió un poderoso recuerdo de mi infancia.



El dos de enero del dosmilquince, conocí el ritmo cantadito de los niños guía en el árbol de Tule, el olor dulzón del maguey quemándose en un horno, atisbos de los secretos del tejido artesanal y la variedad de sus diseños, la claustrofobia y la falta de oxigeno en los vestigios de lo que al parecer fue una tumba en Mitla y la belleza mortífera de Hierve el agua.







En este viaje se conjuntaron muchas emociones: el miedo, amor, estrés, dolor, admiración, sueño, cansancio. Muchas cosas que me revelaron secretos, sobre nadie más que míos. En octubre moría de miedo por cumplir los 25 y darme cuenta que nada de lo que había planeado para esta edad se había hecho. Pero creo que el viaje a Oaxaca me hizo hecho ver, que mi vida no se trata de hacer planes y seguirlos al pie de la letra, sino de irlos transformando en el camino. Y pude ver con claridad, el sendero que había estado trazando desde el dosmildoce, un poco a ciegas. Era mi propio camino, sin hacer caso de lo que los demás piden o exigen. Ha sido doloroso, sin duda, pero gratificante.

Al regresar a Morelos, cuando pude volver a ver las calles de Cuernavaca y los cerros de Emiliano Zapata, me sentí muy feliz. Estaba lista, Quería abrazar este dosmilquince y mis 25 años con mucha fuerza.

Quiero ser yo y para mí antes que para los demás. ¿Eso es egoísmo? Para mí, eso es libertad.

Hoy más que nunca, quiero hacer mías estas palabras de Salvador Elizondo, en uno de sus diarios:

Jueves 1º de enero de 1981. Voy a empezar este año haciendo un acto de contrición general. El año pasado fue muy difícil. Llegué al final bastante overstrained. Tengo los nervios de punta, pero no me puedo dejar vencer por todas esas pequeñeces y trivialidades. Very self-conscious. Muy sensible a todas las cosas mías, pero me entiendo difícilmente con los demás. Tengo que hacer un esfuerzo sobrehumano y vencer estas inclinaciones nefandas. Vivo demasiado ausente. Todos los años tomo la misma resolución edificante y nunca la cumplo. Pienso que debería aprovechar esta década, que probablemente es la última que viva completa, en transformar mi carácter, volverme más comprensivo. En realidad to take everything back.





Comentarios

  1. Conforman leía..pareciera como si yo estuviese en esos lindos lugares.....la forma en como lo cuentas y como se desarrollan las situaciones.......me dejas sin palabras.....muy bonito......simplemente maravilloso.....

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