miércoles, 13 de agosto de 2014

Glauco

[Un pequeño adelantito de mi plaquette Tres gotas de agua (Simiente, 2014), que se presenta el próximo sábado 19 a las 12:00 hrs en la Librería Jorge Cuesta en Distrito Federal (Liverpool #12, Col. Juárez, Del. Cuauthémoc)]


Ilustración de Amanda Mijangos






Glauco



sus pies ciertamente son delicados, pues al suelo no los acerca,
sino que anda sobre la cabeza de los hombres…
Homero

verde carne, pelo verde
Federico García Lorca

verde   negra   sanguinaria
Alfonso D’Aquino



Escena I

Bartolomé y Sofía se sientan en unas gradas de piedra blanca. Frente a ellos se encuentra un escenario de metal que flota sobre un lago. Son las últimas horas de la tarde, y las sombras primerizas de la noche van cayendo sobre la gente y el agua, que al reflejar el follaje se convierte en una alfombra cristalina. El escenario se compone de un rectángulo apostado en el centro del lago con un brazo central que al llegar a un par de metros de la primera fila se rompe en dos brazos más, uno que va hacia la izquierda y el otro hacia la derecha. Hacia la izquierda del escenario se balancean lentamente unas embarcaciones corroídas.

Mientras la gente se acomoda, los músicos van entrando en el escenario: una pianista de baja estatura y labios rojos delgados, un saxofonista con apariencia de cavernícola domesticado y un guitarrista altísimo, de pelo rubio y largo. Afinan sus instrumentos y la gente va disminuyendo su parloteo. De uno de los extremos, empiezan a surgir unas figuras femeninas, cubiertas por una manta de color turquesa. Se sientan a los extremos. Las gradas se van llenando mientras la noche avanza en el inmenso jardín. La brizna se detiene por completo. Sofía recarga la cabeza en el hombro de Bartolomé, quien le acaricia el cuello como a un gato. Las luces se apagan y por unos segundos todo se cubre de una densa oscuridad. Un círculo de luz se posa en el centro del escenario. Las figuras encapuchadas se levantan y dejan caer su túnica. Aparece un grupo de bailarinas que, acompañadas por la música, comienzan su rutina. Bartolomé y Sofía observan con detenimiento a la bailarina principal: es delgada, de curvas cautas, piel apiñonada y ojos verdes. Cabello profundamente negro adornado con plumas de quetzal. Tiene un traje de terciopelo, también verde, ajustado a su cuerpo. Bartolomé se rasca la cabeza y le dice a Sofía:

—¿Qué estamos haciendo?

—¿Qué quieres decir con eso?, estamos viendo a las bailarinas...

—¡No!... eso ya lo sé… es decir, ¿por qué estamos  aquí?

—¿Te sientes bien? David nos dio sus boletos porque él tenía otro compromiso. ¿Lo olvidaste?

—Eso lo recuerdo. Y también recuerdo que en realidad no teníamos muchos motivos para venir.

—Sí, pero no teníamos nada mejor que hacer. ¿Seguro que estás bien?

—Sí. Sólo que es raro cómo suceden las cosas. Cuando entramos, dijimos que sólo estaríamos un par de minutos y luego iríamos por una cerveza. Pero, ahora, al verla bailar no quisiera estar en otro lado más que aquí.

Sofía regresa su mirada al escenario. Los músicos tocan un jazz lento, pausado, erótico. O tal vez, el erotismo procede de la forma en que las bailarinas enredan sus brazos y piernas en la mujer de ojos verdes. Sofía la señala con el dedo índice y Bartolomé asiente. Los dos se toman de las manos, apretándolas cada vez que ella se acerca al público, y regala su sonrisa diáfana, que parece ser dirigida sólo a ellos. Sofía le susurra a Bartolomé:

— ¿La conoces?

—No.

La música va aumentando su intensidad. Algunas personas se han levantado de sus asientos y se contonean torpemente. Sofía los mira con lástima. La bailarina extiende las manos y forma una constelación con los dedos, miles de estrellas nacen de su ombligo y se retraen cuando ella vuelve a su propio centro. Todos la miran, pero nadie como Bartolomé y Sofía.

Sofía ve en los pies de la bailarina la representación de un cortejo espiritual: con sus pies delicados tocando tenuemente el piso, atraviesa la capa de la superficie para capturar en el movimiento de sus piernas el deseo dormido en ella. Bartolomé se estremece cada vez que la bailarina se acerca a la orilla del templete, y arquea la espalda, regalándole el público la imagen peligrosa de su cuello blanco y del nacimiento de sus senos. Con los ojos recorre su cuerpo: la curva de las caderas, el hundimiento de la cintura, la línea delgada de su cuello.
La música se detiene y las bailarinas terminan su rutina en posición de flor de loto. Sofía mira incisivamente a Bartolomé. Ella es la primera en hablar:

—Bueno, y ahora qué. ¿Qué hacemos? ¿Vamos a buscarla?

—¿A quién?

—Tú sabes de quién hablo.

Bartolomé se queda pensativo. Pasan unos minutos. Toma de la mano a Sofía y le besa los dedos. Habla dubitativo:

—Bueno, primero hay que saber su nombre…. yo podría averiguarlo….

—¿En serio? ¿Harías eso por mí?

—Sí… creo que sí…

— ¡Gracias, Bartolomé! Sabes que yo no  podría acercarme a ella…

—Sí, una de las chicas del grupo de baile es amiga mía… ella podría presentarnos…

— ¡Sí!, sí, dile…

—Está bien. Yo voy… sólo… déjame ir al baño.

—Pero los baños están hasta la entrada y todos van saliendo. Te vas a tardar mucho y se puede ir sin que sepamos su nombre.

—Atrás de las gradas hay unos, no tardo.

Bartolomé sale huyendo en dirección contraria al escenario. Mientras camina recuerda los movimientos de la bailarina y tiembla. Tiene miedo. Cambia de dirección y se dirige al otro extremo de las gradas. Se refugia en una columna de concreto color carmín. Sofía espera unos minutos a que su compañero regrese y al no hacerlo decide acercarse al escenario. Su corazón palpita y sus dedos se contraen. Alguien intenta impedirle el paso a los camerinos, pero la amiga de Bartolomé la reconoce y la invita a pasar. Frente a ella se encuentra la bailarina, envuelta en una bata de color esmeralda. Se la presentan y es invitada a sentarse a su lado. Sofía está sumamente nerviosa y habla poco. La bailarina le ofrece un cigarrillo. Su voz es pausada, melódica. Sofía se siente envuelta en una nebulosa. De pronto, la bailarina la toma de la mano y la lleva de nuevo al escenario. Desde ahí observan el lago cubierto por la noche y rodeado de inmensos árboles. Bartolomé observa con ansiedad la escena desde su escondite. Quiere acercarse pero no se mueve de su refugio. La bailarina se sienta en un extremo del escenario y mete los pies al lago. Los peces le acarician los pies y ella ríe juguetonamente. Transcurren treinta minutos. Sofía se despide. La bailarina saca los pies del agua y le dice adiós con un beso en la mejilla, muy cerca de los labios. Sofía siente un escalofrío y se da la vuelta para caminar sin mirar atrás. Bartolomé, que se ha percatado de todo, se mueve entre la gente y alcanza el brazo de su amiga. Ella lo mira indignada, pero se guarda el coraje y camina junto a él. Bartolomé, ansioso, comienza a interrogarla.

—¿Qué te dijo la bailarina?

—Se llama Anaïs.

—¿Te diste cuenta de que es verde?

—Sí…

—¿Qué más te dijo?

—No tienes esperanzas con ella.

—¿Ah, no?

—Bueno, eso pensé mientras vi cómo besaba a la pianista.

—Era verde.

—¿Qué?

—El piano. Era verde.

—¿Cuál piano?

—El de la pianista que según tú besó a la bailarina.

—… se llama Anaïs.


Bartolomé toma de la mano a Sofía y se dirigen hacia la avenida. Caminan cuesta abajo. Sofía tirita y se pega al cuerpo de Bartolomé. Caminan abrazados. Sofía se acerca una de las mangas de su suéter a la nariz y lo aleja rápidamente. Se dirige a Bartolomé:

—Mi suéter huele a cigarro.

—¿A sus cigarros?

—Sí.


Bartolomé saca de su bolsillo una cajetilla y le ofrece a Sofía. Ella lo rechaza. La lluvia comienza a caer de nuevo, muy pausadamente, mojando sus cabezas.

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