jueves, 20 de marzo de 2014

Extrañar lo que no fue




La primera vez que escuché, o más bien leí, la palabra Saudade fue en un estado de Facebook de un escritor mexicano en el que decía que si hubiera una palabra que se pudiera denominar hipster, sería esa. Después, un muy querido amigo, nos comentaba a mí y a otra persona, que esta palabra y su significado le había llamado mucho la atención. Tanto, que, se le había ocurrido comenzar un proyecto literario alrededor de ella. Lo que recuerdo de su definición era algo así como extrañar algo que no está y que ya no volverá. O algo que tal vez nunca fue. Una melancolía que duele, pero que al mismo tiempo hace bien.Teniendo ese concepto en mente, descubrí que sí sabía lo que era el Saudade, que lo estaba sintiendo en ese momento y que era una gran tontería, pero un sentimiento muy vivo en mí.



Si pudiera poner en palabras orales o escritas para definir lo que siento por Ñ, creo que, lo más cercano sería la fascinación que produce un misterio no revelado. El no saber a ciencia cierta qué sucede con él, alrededor de él y dentro de él es lo que hace que mi pensamiento durante varios momentos del día gire en torno a su figura. Puede aparecer en mi mente, como un fantasma merodeador y disolverse minutos después en el aire, sin dejar rastro. Un día le expliqué esto a C y me preguntó cuál era la razón de esa fascinación, para él no había un motivo por el cual Ñ podría despertar esa sensación, pues a primera vista Ñ no le parecía excepcional. No supe qué responderle.

Siempre me ha parecido curiosa la manera en que una persona comienza a significar algo. ¿Cuando deja de ser un simple alguien y se convierta en personaje de nuestro bestiario cotidiano? Me parece curiosa por inexplicable. Si mi vida fuera una película no podría detenerla en algún punto preciso y decir: “Ahí. Es justo ahí en donde Ñ comenzó a significar algo para mí”.Sé con certeza, que desde hace dos años que conozco a Ñ no soy la misma, no sólo por la curiosidad que su persona me produce sino por los efectos, digamos, artísticos que han surgido a partir de esta no-relación entre nosotros.

Trato de rastrear qué suceso, o qué reacción fue la que me originó este sentimiento indecible —no porque tenga que ser censurado, sino más bien, porque no hay palabra para nombrarlo— hacia a Ñ y no lo encuentro. En realidad me doy cuenta que no hay nada que haya sido memorable. Sí, cuando lo conocí estaba nerviosa pero no era por él, sino por mí. Siempre me pongo un tanto nerviosa por conocer gente nueva, sobre todo si son hombres. Supongo que tiene que estar relacionado con lo que sucedió en el kínder.

Recuerdo, eso sí, que lo primero que llamó mi atención fue ese extraño gesto que hacía Ñ al despedirse de  mí. Al principio, cuando la confianza —supongo de ambas partes— era muy poca, me despedía de la Abuela con sólo un apretón de manos, y Ñ lo secundaba con un ligero apretón en mi hombro derecho. Pero hubo una serie de momentos que podrían darme claves para entender este sentimiento extraño y difuso.

Un episodio muy importante fue aquella primera vez, cuando nos sentamos a conversar junto con la Abuela —va ser curioso, porque ella siempre será una presencia importante en nuestra relación, sí es que en algún momento se le podría llamar así—. Yo estaba sentada con la mitad del cuerpo dirigida hacia ella y hablábamos de ciertas historias de la familia que le gustaba recordar. Ñ se había sentado en una silla de madera que estaba frente a mí y la Abuela hablaba desde la puerta de su estudio. Era una escena triangular —como esas que tanto le gustan escribir a Juan García Ponce— y  se repitieron constantemente durante mis visitas a la casa de la Abuela. Durante esa plática, Ñ —se encontraba encorvado tirando el cuerpo hacia el frente— dejaba ver las manos extendidas y cruzadas entre sí. Entonces, ese día me di cuenta que Ñ tenía las manos justo como a mí me gustaban: delgadas, blanquísimas y con dedos largos.

El segundo episodio, que debería ser el primero por orden de importancia, está marcado por la ausencia física de Ñ y su presencia espiritual por la escritura (La mejor manera, 
 de “enamorarse” de un poeta es a través de la palabra escrita). Leí una carta que descuidadamente Ñ había dejado en el sillón, justo a un lado en donde dormía el gato. Una carta que no debía ser leída y mucho menos por mí. Ahí descubrí en Ñ a un hombre lleno de rencor filial (nada fuera de lo común pues dudo que no haya alguien que haya sentido un poco de rencor o resentimiento por sus padres). Párrafo tras párrafo no era más que un reproche que se iba incrementando. El padre era la columna vertebral del resentimiento. Pero, sobre todo, creo que lo que “ganó mi corazón” fue que Ñ evocara un momento en el que se encontraba cargando a su padre porque se caía de borracho. Ese detalle, el poder entender de cierta forma la frustración de un hijo con su padre alcohólico (una de mis grandes cruces familiares) fue lo que llamó mi atención. Había un claro desapego entre Ñ y su padre, que no es igual al que tengo con el mío pero que de alguna extraña forma logré comprender. Lo mismo había pasado hacía 11 años. Había sentido esa misma empatía por Daniel y por eso nunca había abandonado mi corazón. Y ahora, Ñ, entraba al mío a través de esa misma fibra sensible.

El tercer episodio debió de haber sido aquel en el que Ñ, la Abuela y yo nos encontrábamos sentados en la mesa bebiendo una copa de vino,y platicando de diversas cosas. Recuerdo que la conversación había nacido muy orgánicamente, pero con los tres dispersos por toda la habitación: yo en un extremo, atrás del librero jugando con el gato. La Abuela, en la sala, acomodando unos papeles y Ñ, del otro lado de la sala, fumando cerca de la ventana que da al jardín. Habíamos comenzado la conversación por cualquier tontería, y luego, como ya habían terminado lo que estaban haciendo, la Abuela sugirió que nos sentáramos a tomar una copa de vino. Fue un episodio importante también por el hecho de que ese día, de cierta forma, se rompió la frialdad de nuestro trato y seguimos conversando de varias cosas más personales y alejadas del pasado. En algún momento salió el tema del apoyo familiar, y cuando Abuela preguntó si mis padres me apoyaban en lo que hacía, el rostro de Ñ se turbó por completo. Se quedó callado, serio. Yo evitaba mirarlo, pero reconocí sus gestos de reojo. Sentía que cuando la Abuela estaba presente debía mirarla sólo a ella, que cualquier gesto dirigido a Ñ delataría mis sentimientos.

El cuarto episodio fue la vez que se metió al taxi para despedirse de mí con un beso en la mejilla. Al terminar mi visita ya muy avanzada la noche, la Abuela le pidió a Ñ que llamará un taxi para mí. Durante la espera bebimos un poco de licor de cereza o de anís o de ambos. Media hora después llegó el taxi. Ñ, como siempre, me acompañó hasta la puerta. Yo entré al taxi y él me pasó unos libros. Luego, cuando yo pensé que se echaría para atrás y cerraría la puerta, lo que hizo fue, agacharse, meter su torso al taxi, tomarme del hombro derecho, y darme un beso conciso en la mejilla. Luego salió, cerró la puerta del taxi y se paró en el portón de la casa. Se despidió de mí con una sonrisa peculiar.

El quinto episodio fue otra vez que salí tarde pues la abuela me puso a acomodar todas las fotos de la familia en un viejo baúl de ébano. Otra vez había que tomar taxi. Mientras caminábamos por el patio Ñ se dio la vuelta y me señalo una hermosa, redonda y blanca luna que era enmarcada por la negra estela de los guayabos: “Mira, qué bonita se ve la luna ¿no crees?” Y sí, realmente era hermosa y deslumbrante. Pero lo era más porque él la había descubierto sólo para mí. Un círculo perfecto de luz con la figura de un conejo. El ombligo níveo de la noche. Nunca más  he podido ver la luna sin escuchar su voz en lo más profundo de mi pecho.

El sexto episodio fue un día que yo me encontraba escribiendo en la maquina de escribir de Ñ—, la Abuela se empeñaba en que aprendiera mecanografía y Ñ me enseñaba—. Él salió de esa habitación —siempre cerrada— en la que trabaja con la Abuela y me pidió permiso para sacar unos pinceles que estaban en un cajoncito, debajo de la mesa de madera en la que yo estaba trabajando. En lugar de pararme, lo que hice fue sólo hacer un poco para atrás mi silla y alejarme unos centímetros de la maquina. Ñ tampoco hizo intento de decir que me levantara y se puso a un lado de mí. Se inclinó de manera que su brazo pasaba encima de mi hombro, y su cabeza quedó muy cerca de la mía. Entonces percibí su olor corporal, un olor extraño, como a jabón neutro, a pino, a especias, y a libro viejo. Me gustó mucho ese olor. Sentí un deseo enloquecido por meter mis dedos dentro de su espeso cabello negro. La camisa dejaba al descubierto un cuello blanco. Y quise también tocarlo, acariciarlo.


Luego, deje de ver a Ñ y a la Abuela, pues comencé a estudiar fuera de la ciudad. Sin embargo, nunca hemos dejado de comunicarnos. Ñ, la Abuela y yo nos escribimos correos electrónicos, intercambiamos libros y conservas. Todo este tiempo me ha servido para ir analizando los detalles y tratar de entender que fue lo que sucedió durante ese año que Ñ entró en mi vida. Encontré un posible manera de nombrar esto que siento: amor platónico.

El amor platónico se entendía —o se entiende— como aquella en la que una primera etapa se contemplaba la belleza física de la persona (las manos, la estatura, la mirada triste, la voz de Ñ), luego su belleza espiritual (el misterio que es el mismo, algunas de sus — ¿suyas de verdad?— concepciones artísticas, algunas de sus obsesiones estéticas), y el alejamiento de un interés sexual o puramente sexual de esa persona (aunque, en este caso sí exista cierto interés sexual. Al menos de mi parte.). Así pues, en ese sentido podría decir que este “enamoramiento” no es del cuerpo, o sólo del cuerpo… quizás ni si quiera lo es, sino del misterio de este espíritu que no termina de revelarse ante a mí. Entonces, me siento como un personaje de García Ponce, pues,  en todo caso lo que encierra a Ñ, es la necesidad de descubrir los significados de ese signo, de ese misterio que es él, lo que me permite entenderme a mí misma. Tengo una inmensa curiosidad por su intelecto, sus intereses y descubrir si son tan parecidos a los míos como lo pienso. ¿Será que por somos Tauro, que me atrae? ¿Será que por que nacimos en el mismo mes con algunos días de diferencia? ¿Será que yo soy rama y él árbol? No. ÉL es musgo, así como Anaïs. Así como Natalia. Es una de mis obsesiones que al final son buenas por desembocar en mi creación literaria.

Pero entonces, sigue estando la interrogante de porqué el espíritu de Ñ  despierta ese enorme interés en mí. He escrito tanto y no he resuelto nada.








1 comentario:

  1. No no has descubierto nada pero me has dejado fascinado con tu escrito Yeni chula :)

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A tender

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