Ejercicios narrativos I

[Ejercicio descriptivo. Reconstrucción de la Ave. Palmira, en Cuernavaca ]



Antonio cierra con prisa la puerta para que el perro no se salga. Con una pierna empuja levemente el cuerpo del perro y con el resto saca la bicicleta de la casa. Logra salir con mucho trabajo . Son las siete de la mañana y la luz va saliendo poco a poco. El recorrido ha sido el mismo desde hace cinco años. La privada es muy corta y para terminar satisfecho necesita completarla al menos tres veces. Es un sendero irregular y las llantas ya han sufrido las consecuencias. De la puerta de la casa y hasta cinco metros adelante, hacia la izquierda, el adoquinado es de concreto, pero llegando al portón de doña Francis, el camino es de terracería, no sólo son las piedritas de grava y polvo sino también las hojas de los tabachines, palitos, basura y hasta excremento de toda la variedad de animales que viven en esa parte de la calle. Entonces, tiene que regresar a la casa e irse al otro extremo de la privada, el que da a la avenida Palmira. Ahí, aunque no hay concreto, las piedras que pavimentan esa parte de la calle están clavadas al piso, y aunque traquetea un poco no es tan molesto como el otro lado. Al llegar a la bocacalle, se aventura a recorrer la avenida siempre y cuando no haya mucho tránsito.

 A pesar de las pequeñas contrariedades que implican el salir todas las mañanas en bicicleta, Antonio no deja de hacerlo. Es de los pocos momentos en los que su mente no se ocupa de los problemas cotidianos, y piensa en los días en que salía a repartir periódicos en Analco, uno de los pocos recuerdos memorables que le dejó vivir en Puebla. Esa mañana decide no recorrer la parte izquierda de la privada porque la mañana anterior lo habían correteado unos perros. Tuvo que sortearlos con mucha dificultad para no atropellarlos al mismo tiempo que trataba de no terminar con las piernas llenas de mordidas o cayendo en la terracería.

Al llegar a la avenida, cruza la calle y se dirige a la entrada del internado, con la esperanza de que le haya tocado guardia a don Marcelo, que lo conoce y siempre los deja entrar sin ningún problema. Para suerte de Antonio, el guardia cincuentón se encuentra ahí, con el uniforme mal puesto, como es su costumbre. Después de un saludo efusivo y de preguntarle por su salud y si se encuentra trabajando en algún cuadro nuevo, comienza a recorrer el sendero. La parte más agradable del recorrido es cuando llega a las canchas. Los enormes eucaliptos aromatizan el camino, y él aprovecha para bajarse de la bicicleta  recorrer los campos a pie. Le gusta recoger los conitos amarillos que caen de los eucaliptos. Antonio no es el único que disfruta de ese jardín enorme, enclavado entre escuelas e institutos de investigación, algunos vecinos llevan a sus perros, otros aprovechan las canchas para jugar o hacer ejercicio. Él se sienta en unas bancas rojas que se encuentran a un lado del apancle que riega los sembradíos de las niñas del internado. Pronto van a dar las nueve de la mañana y tiene que regresar a la casa, por lo que aprovecha los últimos minutos de calma que le quedan.

De regreso, baja la avenida lentamente, intentando alargar los minutos libres. Dando la vuelta distingue la figura de Aura, quien también va hacia la casa en una bicicleta de color azul. La mañana se va asentando y el pelo rojo de la joven parece encenderse. Ella saca unas llaves de su bolsillo y se introduce en la casa, seguida de Antonio.

— ¿Aura? ¿Ya viste que la lluvia de oro está floreando?
—Sí, me di cuenta ayer. Le tome unas fotografía. ¿Cómo va Mina?

Las voces se van diluyendo en el garaje mientras acomodan las bicicletas, atrás de una camioneta de color miel. Continúan su camino por un pequeño pasillo que conduce a unas escaleras. La casa es de tres niveles y toda ella está rodeada de cuadros, principalmente de motivos naturales. Aura saca un cigarro y Antonio la detiene. Se quedan sentados en el último escalón que da al primer descanso de la escalera. Frente a ellos se extiende un mural que cubre toda la pared. El centro del cuadro es un quetzal que canta con los primeros rayos del sol de otoño. Se sabe que es otoño por la extensa gama de tonos ocre usados en el cuadro y de la hojarasca que se encuentra a los pies del quetzal.

—Hoy se sintió un poco mejor. Tuvo un poco de tos en la noche, pero los medicamentos le han ayudado mucho. Espero que pronto pueda acompañarnos en el estudio. ¿Qué harás hoy?
—Me pidieron hacer la portada para un libro para niños. La historia es sobre un caleidoscopio mágico, así que supongo tendré que leer el libro y luego ver que se me ocurre ¿tú que harás?
—Yo tengo que escribir una reseña sobre una muestra fotográfica. Ayer estuve investigando un poco sobre el fotógrafo y sus trabajos previos.
—¿Vale la pena?
—Ni la tinta del periódico, pero chamba es chamba... Aura... hoy es el día
—Lo sé. Lo llevamos planeando semanas. Por eso pregunté por la salud de Mina, ¿estará bien si la dejamos sola la mitad del día?
—Ana vendrá a cuidarla. No te preocupes por eso. Entonces yo voy a la biblioteca y tú te quedas acá, en el estudio. Nos vemos a las dos. ¿Te parece bien?

—Sí, me parece bien.

[.....]


Voy retomando mis proyectos literarios. Hoy pase la noche leyendo las "aventuras" de los Contemporáneos y subrayando mentalmente las barbaridades que decían Novo y Villaurrutia. Mientras, en la Facultad de Filosofía y letras, todos se pelean y no apuesto por ninguno de los bandos, porque unos quieren ir por una dinámica de apoyo que me parece un tanto absurda, y otros están cerrados en su berrinche de no dejar que haya paro sin defender sus argumentos congruentemente ¿Y los chavos de sistema abierto? Que se jodan pues ellos sólo van un día a la semana. A veces siento que no quepo en ningún lado: ni en la política cultural, ni en la academia literaria, ni en la siempre despreciable farándula literaria (local, para empeorarlo todo). Una amiga mía se ha mudado al bosque y quisiera poder hacer lo mismo. Este cerro se está volviendo muy chico y muy ruidoso. Y no me hallo. Ni en Zapata, ni en Cuernavaca ni en DF. Hace poco me dijeron que era arrogante por defender mis opiniones, y resurgió el estúpido comentario: "¿Qué puedes hacer tú por el mundo si sólo alegas que lees, sí sólo escribes? Los libros no van a cambiar nada" y sentí lo mismo que cuando mi papá me reclamo por no estudiar algo que "valiera la pena". Bah, que lo único que yo quisiera es tiempo para escribir... pero sobre todo para leer. Y no saber nada del mundo. Debería de largarme como Thoreau. 

Comentarios

  1. Que bonito escribes Yeni te lo digo en serio :) a mi me gusta tu carrera, pero creo que es un área en donde uno no se siente embonado o como se escriba , échale ganas y al demonio los demás

    Beso

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