¿Dónde esta Wally?



Esta tarde Andrés llego muy asustado al restaurante. Traía entre sus manos un libro de pastas coloridas. Me contó que camino al trabajo se topo con un bazar de pulgas y movido por la curiosidad se acerco con la esperanza de encontrar una chachara, de esas que tanto llaman su atención. En una caja desvencijada que contenía cómics encontró el libro que apretaba contra su pecho. Al ver aquel personaje de eterna sonrisa y suéter rojiblanco, se emocionó mucho. Al hojear el libro, recordó momentos agridulces de su infancia. Al abrirlo pudo ver que las hojas estaban muy pálidas y al llegar a la última página se altero tanto que tuvo que salir corriendo del lugar. No soltó el libro, simplemente corrió. Le di un té para que se calmara y mesereó un rato, pero después de tres horas se encerró en el baño. El gerente lo mandó a descansar. Ya no volvió al restaurante. Semanas después nos enteramos de su muerte. Lo había encontrado en la sala, con el libro abierto a un lado de él. Le faltaba la última hoja. Nunca la encontraron. En el piso había regadas varias hojas de papel, con el mismo texto en cada una de ellas. Unas eran más legibles que otras.

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La habitación se ilumina después de unos segundos de oscuridad. Los dinosaurios fosforescentes huyen despavoridos al percibir el olor a muerte que ha invadido al aire. Mariposas esqueléticas revolotean en una bóveda acartonada y pálida. Veo mi reflejo  en el espejo. Ya no soy el mismo de hace tres  años. Mis esperanzas de estudiar la universidad se vieron frustradas. La sonrisa febril que tenía cuando llegué a la ciudad se ha convertido en una herida abierta causada por la guadaña de la rutina. Las manos no son más que extensiones del desasosiego, de la inmovilidad. En mi garganta, un líquido neón corroe mis cuerdas vocales y no puedo liberar el alarido de mis entrañas. Por un momento todo es oscuridad. Vuelvo a la luz, y lo veo, detrás de mí. Ya no sonríe. Aún entre las sombras  puedo  ver la imagen  de la decrepitud. El creador me dio todo en la vida, pero estoy hueco, como él. El perro se ha quedado perdido en algún rincón del mundo descolorido. Angustiado, toco mi cuerpo. Veo su ropa vieja,  cubierta de miles de huellas dactilares. Sentimos asco por nuestra existencia. Lo han buscado por tanto tiempo y al final, nadie lo  encuentra. Ni a mí. 

Una cubeta de pintura roja se derrama en el piso, un fantasma fucsia vuela alrededor de él, de mí. Si nadie lo ha encontrado, si siempre se pierde en las multitudes es prueba de que no existe. No es real. ¿Por qué continuar con la agonía lenta de la no-vida? Es mejor acelerar el proceso inevitable. Jalar el gatillo. Que la pintura roja y la sangre podrida se mezclan en el suelo.


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