miércoles, 18 de septiembre de 2013

Ejercicios narrativos I

[Ejercicio descriptivo. Reconstrucción de la Ave. Palmira, en Cuernavaca ]



Antonio cierra con prisa la puerta para que el perro no se salga. Con una pierna empuja levemente el cuerpo del perro y con el resto saca la bicicleta de la casa. Logra salir con mucho trabajo . Son las siete de la mañana y la luz va saliendo poco a poco. El recorrido ha sido el mismo desde hace cinco años. La privada es muy corta y para terminar satisfecho necesita completarla al menos tres veces. Es un sendero irregular y las llantas ya han sufrido las consecuencias. De la puerta de la casa y hasta cinco metros adelante, hacia la izquierda, el adoquinado es de concreto, pero llegando al portón de doña Francis, el camino es de terracería, no sólo son las piedritas de grava y polvo sino también las hojas de los tabachines, palitos, basura y hasta excremento de toda la variedad de animales que viven en esa parte de la calle. Entonces, tiene que regresar a la casa e irse al otro extremo de la privada, el que da a la avenida Palmira. Ahí, aunque no hay concreto, las piedras que pavimentan esa parte de la calle están clavadas al piso, y aunque traquetea un poco no es tan molesto como el otro lado. Al llegar a la bocacalle, se aventura a recorrer la avenida siempre y cuando no haya mucho tránsito.

 A pesar de las pequeñas contrariedades que implican el salir todas las mañanas en bicicleta, Antonio no deja de hacerlo. Es de los pocos momentos en los que su mente no se ocupa de los problemas cotidianos, y piensa en los días en que salía a repartir periódicos en Analco, uno de los pocos recuerdos memorables que le dejó vivir en Puebla. Esa mañana decide no recorrer la parte izquierda de la privada porque la mañana anterior lo habían correteado unos perros. Tuvo que sortearlos con mucha dificultad para no atropellarlos al mismo tiempo que trataba de no terminar con las piernas llenas de mordidas o cayendo en la terracería.

Al llegar a la avenida, cruza la calle y se dirige a la entrada del internado, con la esperanza de que le haya tocado guardia a don Marcelo, que lo conoce y siempre los deja entrar sin ningún problema. Para suerte de Antonio, el guardia cincuentón se encuentra ahí, con el uniforme mal puesto, como es su costumbre. Después de un saludo efusivo y de preguntarle por su salud y si se encuentra trabajando en algún cuadro nuevo, comienza a recorrer el sendero. La parte más agradable del recorrido es cuando llega a las canchas. Los enormes eucaliptos aromatizan el camino, y él aprovecha para bajarse de la bicicleta  recorrer los campos a pie. Le gusta recoger los conitos amarillos que caen de los eucaliptos. Antonio no es el único que disfruta de ese jardín enorme, enclavado entre escuelas e institutos de investigación, algunos vecinos llevan a sus perros, otros aprovechan las canchas para jugar o hacer ejercicio. Él se sienta en unas bancas rojas que se encuentran a un lado del apancle que riega los sembradíos de las niñas del internado. Pronto van a dar las nueve de la mañana y tiene que regresar a la casa, por lo que aprovecha los últimos minutos de calma que le quedan.

De regreso, baja la avenida lentamente, intentando alargar los minutos libres. Dando la vuelta distingue la figura de Aura, quien también va hacia la casa en una bicicleta de color azul. La mañana se va asentando y el pelo rojo de la joven parece encenderse. Ella saca unas llaves de su bolsillo y se introduce en la casa, seguida de Antonio.

— ¿Aura? ¿Ya viste que la lluvia de oro está floreando?
—Sí, me di cuenta ayer. Le tome unas fotografía. ¿Cómo va Mina?

Las voces se van diluyendo en el garaje mientras acomodan las bicicletas, atrás de una camioneta de color miel. Continúan su camino por un pequeño pasillo que conduce a unas escaleras. La casa es de tres niveles y toda ella está rodeada de cuadros, principalmente de motivos naturales. Aura saca un cigarro y Antonio la detiene. Se quedan sentados en el último escalón que da al primer descanso de la escalera. Frente a ellos se extiende un mural que cubre toda la pared. El centro del cuadro es un quetzal que canta con los primeros rayos del sol de otoño. Se sabe que es otoño por la extensa gama de tonos ocre usados en el cuadro y de la hojarasca que se encuentra a los pies del quetzal.

—Hoy se sintió un poco mejor. Tuvo un poco de tos en la noche, pero los medicamentos le han ayudado mucho. Espero que pronto pueda acompañarnos en el estudio. ¿Qué harás hoy?
—Me pidieron hacer la portada para un libro para niños. La historia es sobre un caleidoscopio mágico, así que supongo tendré que leer el libro y luego ver que se me ocurre ¿tú que harás?
—Yo tengo que escribir una reseña sobre una muestra fotográfica. Ayer estuve investigando un poco sobre el fotógrafo y sus trabajos previos.
—¿Vale la pena?
—Ni la tinta del periódico, pero chamba es chamba... Aura... hoy es el día
—Lo sé. Lo llevamos planeando semanas. Por eso pregunté por la salud de Mina, ¿estará bien si la dejamos sola la mitad del día?
—Ana vendrá a cuidarla. No te preocupes por eso. Entonces yo voy a la biblioteca y tú te quedas acá, en el estudio. Nos vemos a las dos. ¿Te parece bien?

—Sí, me parece bien.

[.....]


Voy retomando mis proyectos literarios. Hoy pase la noche leyendo las "aventuras" de los Contemporáneos y subrayando mentalmente las barbaridades que decían Novo y Villaurrutia. Mientras, en la Facultad de Filosofía y letras, todos se pelean y no apuesto por ninguno de los bandos, porque unos quieren ir por una dinámica de apoyo que me parece un tanto absurda, y otros están cerrados en su berrinche de no dejar que haya paro sin defender sus argumentos congruentemente ¿Y los chavos de sistema abierto? Que se jodan pues ellos sólo van un día a la semana. A veces siento que no quepo en ningún lado: ni en la política cultural, ni en la academia literaria, ni en la siempre despreciable farándula literaria (local, para empeorarlo todo). Una amiga mía se ha mudado al bosque y quisiera poder hacer lo mismo. Este cerro se está volviendo muy chico y muy ruidoso. Y no me hallo. Ni en Zapata, ni en Cuernavaca ni en DF. Hace poco me dijeron que era arrogante por defender mis opiniones, y resurgió el estúpido comentario: "¿Qué puedes hacer tú por el mundo si sólo alegas que lees, sí sólo escribes? Los libros no van a cambiar nada" y sentí lo mismo que cuando mi papá me reclamo por no estudiar algo que "valiera la pena". Bah, que lo único que yo quisiera es tiempo para escribir... pero sobre todo para leer. Y no saber nada del mundo. Debería de largarme como Thoreau. 

lunes, 9 de septiembre de 2013

Dioniso




Tu cabeza está hirviendo y con las manos húmedas intentas quitar lo que te provoca tanta irritación en la garganta. Te rodea una pestilencia insoportable: desprecio, angustia, cigarros, cerveza, sangre, vómito; todo está fusionado en un aroma que perfora tus fosas nasales. Abres los ojos. La luz del sol se mete como una navaja en tus párpados. Estás en tu hogar, con la misma suciedad y las puertas oxidadas. Una melodía comienza a sonar en tu cabeza, quizás una canción que escuchaste cuando eras pequeño.

            -Yo quiero ser como mi papá…- susurras débilmente, de la comisura de tus labios resbala un líquido burbujeante. Tu visión es borrosa. Ante ti se dibuja una figura femenina, logras distinguir en su rostro moretones y lágrimas, de su falda se sujeta fuertemente una criatura de coletas. La pequeña  no se da cuenta de tu deplorable estado y, al notar que te has despertado, se acerca abriendo los brazos. Frunces el ceño ¿Quién  es esa criatura? ¿Papá? ¿Te está diciendo Papá? Antes de que brinque al vómito de tu camisa, la figura femenina la aleja con furia, te devora con los ojos, te digiere y, finalmente, te defeca en el sillón estropeado.

            -Eres una porquería. - Un susurro lleno de odio que proviene de esos labios femeninos que alguna vez besaste.  Mientras la mujer sigue metiendo ropa dentro de una vieja maleta te levantas tambaleante. Al incorporarte sientes un mareo que amenaza con hacerte caer. Cuando crees que volverás al suelo, una hermosa ninfa te toma del brazo. La suavidad de su piel y los ojos azulados en su rostro provocan una sonrisa de alivio en tu boca. Te canta al oído mientras te ofrece una plateada copa de vino. El color del líquido embriagador es bellísimo y te produce un efecto hipnótico. Las papilas gustativas comienzan a secretar saliva. Tu tráquea se cierra. Sin saber cómo, logras llegar al lavabo del baño. Abres el botiquín, sacas un rastrillo, le colocas la navaja y te pones crema de afeitar. Tu alucinación no te deja ver que en tu rostro no hay nada que depilar.

            Me haré un bigote con la crema de rasurar… La sangre comienza resbalar en tus mejillas formando un riachuelo que desemboca en tu barbilla. Ella te grita “¡Enfermo!”. ¿Enfermo? No estás enfermo. Enfermo tu padre, que bebió durante toda su vida. Aún recuerdas sus gritos y los golpes que le propinaba a tu madre mientras tú te orinabas en el catre que te servía de refugio. Además, él te enseño a ser un hombre. Eso hace un hombre: trabaja ocho horas al día, gana un sueldo aceptable, lleva sustento a su familia y se alcoholiza. Tu padre bebía para tener el valor de engañar a tu madre, pero tú, ¿por qué bebes?
            Cómo me gusta hacer las cosas que hace mi papá… Cuando ella grita que se marcha, un escalofrío recorre tu cuerpo. Las ninfas se convierten en brujas viejas y secas. La copa de vino es ahora una guadaña que se clava en tu cabeza, hombros y abdomen. La niña te dice adiós mostrándote su peluche gris. Mientras miras a tu hija, sientes un taladro destrozando tu estomago. Un líquido amarillento comienza subir por tu esófago. Vomitas sobre su osito gris. La niña rompe en llanto. La mujer grita algo indignada, un reclamo que no alcanza a entender mientras le quita el muñeco. Berreos, pataleos, insultos. La puerta se abre y el sol de la mañana te golpea en el rostro.

           

            Él es bueno, y yo quiero mucho a mi papá… El silencio perfora tu alma. ¿Tienes una? Debes tener una, por eso puedes sentir la putrefacción dentro de tu cuerpo. La puerta se cierra tras de ellas. Escuchas el llanto de tu hija. Estás de nuevo solo, con tu sillón roto, con tu vómito en el piso, con tus fantasmas acosando tus sueños. 

            -¡Qué lindo sería parecerme a mi papá!





{Todos los cuentos publicados bajo la etiqueta "Caja Oxidada" pertenecer a una primera tanda de textos publicados hace un par de años}

viernes, 6 de septiembre de 2013

¿Dónde esta Wally?



Esta tarde Andrés llego muy asustado al restaurante. Traía entre sus manos un libro de pastas coloridas. Me contó que camino al trabajo se topo con un bazar de pulgas y movido por la curiosidad se acerco con la esperanza de encontrar una chachara, de esas que tanto llaman su atención. En una caja desvencijada que contenía cómics encontró el libro que apretaba contra su pecho. Al ver aquel personaje de eterna sonrisa y suéter rojiblanco, se emocionó mucho. Al hojear el libro, recordó momentos agridulces de su infancia. Al abrirlo pudo ver que las hojas estaban muy pálidas y al llegar a la última página se altero tanto que tuvo que salir corriendo del lugar. No soltó el libro, simplemente corrió. Le di un té para que se calmara y mesereó un rato, pero después de tres horas se encerró en el baño. El gerente lo mandó a descansar. Ya no volvió al restaurante. Semanas después nos enteramos de su muerte. Lo había encontrado en la sala, con el libro abierto a un lado de él. Le faltaba la última hoja. Nunca la encontraron. En el piso había regadas varias hojas de papel, con el mismo texto en cada una de ellas. Unas eran más legibles que otras.

~~~~~~~~~

La habitación se ilumina después de unos segundos de oscuridad. Los dinosaurios fosforescentes huyen despavoridos al percibir el olor a muerte que ha invadido al aire. Mariposas esqueléticas revolotean en una bóveda acartonada y pálida. Veo mi reflejo  en el espejo. Ya no soy el mismo de hace tres  años. Mis esperanzas de estudiar la universidad se vieron frustradas. La sonrisa febril que tenía cuando llegué a la ciudad se ha convertido en una herida abierta causada por la guadaña de la rutina. Las manos no son más que extensiones del desasosiego, de la inmovilidad. En mi garganta, un líquido neón corroe mis cuerdas vocales y no puedo liberar el alarido de mis entrañas. Por un momento todo es oscuridad. Vuelvo a la luz, y lo veo, detrás de mí. Ya no sonríe. Aún entre las sombras  puedo  ver la imagen  de la decrepitud. El creador me dio todo en la vida, pero estoy hueco, como él. El perro se ha quedado perdido en algún rincón del mundo descolorido. Angustiado, toco mi cuerpo. Veo su ropa vieja,  cubierta de miles de huellas dactilares. Sentimos asco por nuestra existencia. Lo han buscado por tanto tiempo y al final, nadie lo  encuentra. Ni a mí. 

Una cubeta de pintura roja se derrama en el piso, un fantasma fucsia vuela alrededor de él, de mí. Si nadie lo ha encontrado, si siempre se pierde en las multitudes es prueba de que no existe. No es real. ¿Por qué continuar con la agonía lenta de la no-vida? Es mejor acelerar el proceso inevitable. Jalar el gatillo. Que la pintura roja y la sangre podrida se mezclan en el suelo.


Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...