Transfiguraciones









No había explicación alguna. Dudo que existiera. Dudo que fuera necesaria. Son nuestras pasiones las que nos mueven, eso aprendí, el día que jalé el gatillo.


¿De qué otra forma te arrancas los dientes de la desidia?¿cómo conquistas las llanuras del terror nocturno?¿en dónde buscas el elixir que cura el desprecio?


Ese era tu rostro, el vacío, el radiante, el devorado por aves violáceas. Ese era mi rostro, el tocado por la muerte, cubierto de aliento nocturno. Y nos encontramos al borde de la calle, como dos almas abandonadas por el pasado. En nuestras manos: lápices y papeles, instrumentos de nuestros recuerdos. Éramos bandidos de madrugada, besos furtivos debajo de un farol imaginario. Dormiste en mi abdomen veinte días y te acaricié como al vientre abultado de la maternidad. Por que eras como mi hijo incestuoso, el pequeño tragaluz de mis obsesiones. Éramos tú y yo y la banqueta. Era yo la mariposa que dormitaba en tu abdomen. Un día desperté y el bulto de tu cabello negro había desaparecido. Simplemente ya no estabas. Te creí muerto, más que muerto, perdido y no hay peor dolor que el de esperar la visita de un cadáver vivo.


Un hombre cristalino me recogió de la banqueta y habité en su metáfora de buena vida. Creí que estaba completa con el universo, reímos, nos besamos e hicimos el amor. Me sentí satisfecha, con la barriga llena de serpentinas de colores. Te enterré en lo más profundo de mis intestinos, por que yo, querido cervatillo, siento con el aparato digestivo y no con el corazón. Un día alguien toco a mi puerta. Eras tú, bañado en tinta negra, con miles de palabras escritas en los brazos. Eras artesano del viento. Y escribías, pero ya no en mi cuerpo. No eras el mismo, por que tu cabello negro se había desvanecido, ahora era de una tonalidad imposible de nombrar. Y tus ojos. Algo de amargura había en tus ojos, mucho había llovido en ellos. Ya no eras el mismo. Y ni yo era Penélope ni tú, Ulises. Me llamaste hermana pero sin el incesto. Me llamaste amiga, pero sin el deseo. Y te odié. Te odié por venir a romper la telaraña en la que vivía atrapada. Te odié, por dejarme. Te odié por seguir vivo. Sellaste mis labios con una cándida sonrisa y con las piernas de una hermosa gacela que te hacía compañía.


No soy yo escribiendo. Soy yo, gritando en tu cara toda la incitante insolencia que provocas. Tú y nadie más que tú, deseo adúltero.


De pequeña, quise aprender a tocar el piano, quise aprender a correr como los caballos, a volar como las moscas, a devorar como las lobas, a matar como los delincuentes, a triturar como los cascanueces, a roer como las bestias, a soñar como las medusas -¿soñarán las medusas?- a brincar como las gacelas, a danzar en tus labios, como las mariposas.


La noche caminaba solitaria y yo tenia una invitación a tu inframundo personal, Aqueronte vestido de taxista me guió a la oscura boca de tu laberinto y después de pagar el peaje y después de subir las escaleras y después de abrir la puerta y después de atravesar la sala y después de tocar a tu puerta y después de no escuchar respuesta-naturalmente no me esperabas- y después de entrar a tu cuarto y después de verla a ella y después de ver su espalda descubierta y después de verte desnudo debajo de ella y después de sentir odio hirviendo mis venas, fue que jalé el gatillo: uno por ella, por su dulzura asquerosa. Uno por ti, por tu indiferencia premeditada. Uno por ella, por su inteligencia presuntuosa. Uno por ti, por la tinta que gastaste en ella. Uno por todas aquellas arpías, que como yo, asesinan al cervatillo que se escapa de la pradera. La noche siguió su camino igual que la sangre en tu habitación. Huí a mi no hogar, cruzando el Leteo de la ciudad, bebiendo el agua de sus alcantarillas tratando de olvidar que maté al mayor objeto de lujuria que he tenido en esta mi vida violácea.


Al llegar a casa después de años de haberme exiliado, la imagen fue conmovedora: ellos, en la cama matrimonial mancillada, manchada  de sangre, sudor y lágrimas. Mi madre y sus arrugas perversas, mi padre y sus heridas de guerra. Y tuve asco. Me sentí gusano, gusano de familia de mediana clase/disfuncional/mexicana. Me sentí caracol, caracol que saca los cuernos al sol. Y caminé como gusano caracol a mi habitación. E intenté dormir, Pero no podía dormir ¿cómo dormir cuando tienes tanta baba azulada impregnada en el cuerpo? ¿cómo dormir cuando ahogaste en el río del desprecio al hombre sano que besaba tus mejillas? ¿cómo dormir si mataste al malsano Apolo que jugaba con tus hebras lascivas? ¿cómo dormir si vives en una farsa en donde hasta tus gatos te ignoran? gato, eso quiero, ser gato, gato callejero. E ignorar todo. Y me levante, con el peso de quinientos años de sufrimiento compactados en veintiuno, y saque de mi bolso violáceo mi objeto liberador. Y fui al cuarto patriarcal y sin miedo, con muchas ansias, jalé el gatillo.


Y con esa sangre filial tocando mis pies, lo sentí. Sentí. Sentí. Sentí. Palpitaciones, pelos creciendo, Gato negro, por que toda la oscuridad que se había contenido en mi cuerpo se liberó con cada disparo. Huesos compactándose. Gato rojo, que se reviste con las pieles de una mujer frenesí. Soy un gato. Por que no tengo sentimientos. Por que asesine a todo lo que quiero. Es esto, el estado más puro del humano, la transfiguración, cuando se deja de ser Jesús para convertirse en divino.

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