jueves, 26 de julio de 2012

Lo que me traje de Xalapa.










Durante tres años intenté entrar al taller organizado por la Fundación para las Letras Mexicanas y la Universidad Veracruzana. En los primeros dos años quede fuera. Pero hice caso a la sabiduría popular y mande una tercera vez, al filo de mis veintidós. Y pues, sí, la tercera es la vencida.

Paciencia es una de las virtudes que me ha dejado esta experiencia.

Paciencia para escribir sin el apuro del reconocimiento efímero sino con las intenciones más básicas de hacer algo bien hecho y redondeado. A revisar ortográficamente, lógica y emocionalmente eso que yo llamaba mi trabajo literario. En todo este proceso, mis convicciones artísticas se transformaron y fui aprendiendo más.

Cuernavaca es una ciudad pequeña que me ha acogido. Yo vengo de un municipio de Morelos en el que la creación artística no tiene cabida y Cuernavaca me recibió con los brazos abiertos. Sin embargo, es fácil perderse en ese nido tan estrecho en donde todos nos conocemos y a veces nos da miedo criticar lo que se hace culturalmente. Pensamos en nuestras relaciones profesionales y sociales y eso ha perneado mucho del trabajo artístico del estado. El taller me permitió conocer una veintena de voces literarias distintas no sólo geográficamente sino también en estilo, me dio la oportunidad de ver que hay muchos jóvenes haciendo lo mismo yo, con el mismo amor y la misma dedicación. Los guayabos, de nacimiento o adopción, no somos los únicos que nos dedicamos a escribir. Hay todo un universo en nuestro país y eso significa que con mucha más razón tenemos que esforzarnos no sólo por crear con un equilibrio de fondo y forma, sino también con un criterio amplísimo que nos permita realizar procesos de crítica y retroalimentación que enriquezca nuestro trabajo literario. Incluso, nuestra propia vida.


De Xalapa me traje dos cuentos trabajados, un cuento recién escrito, una veintena de ideas o notas para trabajar después, y alrededor de quince libros. También me traje los recuerdos de varias personas, de distintas partes del país. Sus voces, sus rostros, sus textos. De Xalapa me traje una lista enorme de libros que deseo leer con ansias y varias clases magnificas en las que los maestros lograron transmitir su pasión por la investigación literaria.

Siempre he sostenido que lo que hago es narrativa. A todos oculto mis trabajos poéticos y mi trabajo ensayístico lo reservaba para asuntos académicos, pero el taller también plantó una semillita de curiosidad en el caos obscuro que es mi cerebro. Quiero escribir ensayo, hacer algo de teatro, incluso exhibir mi poesía, pero no para que sea aplaudida. Los aplausos duran menos de sesenta segundos y eso no es lo que deseo de mi trabajo literario. También, reafirmo mi creencia de que los buenos textos no salen de la nada, y que un escritor se construye a base de varias actividades. No sólo es escribir por escribir. Se trata de leer, investigar, buscar la verosimilitud, atreverte a poner en tela de juicio lo que haces, escuchar lo que un lector en potencia puede decir de tu texto.

Cuando mis amigos de Cuernavaca me preguntaron que cómo me había ido no supe muy bien que decir. Dije que bien, muy bien. Y en esa corta respuesta se condenso todo esto que expongo ahora. Tengo mucha fe en la ciudad en la que vivo, porque aunque hay ciertos sesgos en la actividad cultural, hay gente que desea que todo cambie para bien. Sí hay un grupo que está dispuesto a hacer crítica constructiva, y no sólo hacerla sino ellos también ser el blanco, con el único afán de obtener mejor resultados como individuos y grupo social que se dedica a la literatura.


Xalapa me dejo muchas cosas —como el susurro de la lluvia, y el verde de sus calles— y por eso agradezco mucho a la Fundación para las Letras Mexicanas, a la Universidad Veracruzana y a la Fundación Chedraui por hacer posible estas dos semanas de enseñanza literaria y humana. Felicidades a mis compañeros, porque aun cuando me mantuve un tanto alejada de ellos reconozco su talento y el potencial que tienen. Espero seguir escuchando de su trabajo. Yo por mi parte, regrese a Cuernavaca con una maleta cargada de mucha paciencia, libros y ganas de trabajar en esto que tanto me apasiona: las letras. Nos seguiremos encontrando en el camino.

domingo, 22 de julio de 2012

Bookmark IV




¿Por qué jamás podemos asumir plenamente la responsabilidad por nuestros actos? Todavía hoy, cuando pienso en lo que ocurrió, me pliego sobre mí mismo y trato de encontrar justificación a mi conducta; pretendo que no soy el único culpable e intento convencerme de que Amelia, en cierta forma, es responsable también. No cabe duda de que puede serlo desde un punto de vista absolutamente objetivo; pero en nuestro caso yo era el que podía manejar a Amelia, que llegó a depender por completo de mí, y sus actos eran más que nada reflejo de mi conducta. A veces, quisiera volver hacia atrás y sacudirme de encima todo ese asunto, que con mucha frecuencia me lanza a la calle a tratar de buscar en las miradas de los demás el secreto de la convivencia; pero estamos circundados por el peso de nuestra propia soledad y las respuestas a nuestras preguntas sólo pueden encontrarse en nosotros mismos.


[Amelia, Juan García Ponce en el libro La Noche de ediciones ERA, 1970]







Nota a la cita: Había leído un libro de Juan García Ponce a principios de año. Me lo había prestado mi amigo Davo, no sólo me recomendaba al autor sino que había algo curioso en esa compilación de cuentos: tenía un cuento llamado El gato. José Quezada, un amigo en común, ya me había pasado un enlace de Material de Lectura en donde pude leer el cuento, y cuando me lo prestó Davo me alegró por que me había quedado con ganas de leer más de ese autor. La Noche, es un libro que compré en Xalapa en una librería de viejo cerca de la Fac. de Humanidades de la U.V. 

Está vez también hubo una razón muy especial para adquirir el libro: tenía un cuento llamado Amelia. En la novela que estoy escribiendo mi personaje protagonista lleva el mismo nombre, y se lo puse mucho antes de leer a García Ponce. Prácticamente lo devoré en una noche de insomnio en el hotel de Xalapa. 

Con este autor fue como amor a primera vista. Siempre que iba a una librería buscaba que podía ofrecerme de este autor pero nunca podía llevarme nada: o no me alcanzaba el dinero o no había nada. Pero llegó José Quezada, a quien parece que le gusta mucho también, y me regaló en mi cumpleaños una novela del mismo autor llamada La cabaña. Hay otros tres libros esperándome: Después de la cita y otros cuentos, Imagen Primera y un librito de ensayos llamado Desconsideraciones.

Lo que me gusta de García Ponce es la forma en que aborda las relaciones personales y amorosas. La complejidad de sus personajes hace que se salga de contar simplemente un historia de amor, y sé que hay algo más que en eso en su literatura. Todavía no sé muy bien que es por que no he investigado mucho del autor. No sé, como que prefiero leer los libros que tengo pendientes antes de saber más de él. Bueno, sí sé que formó parte de la generación de Casa del lago, y que enfermó de esclerosis múltiples y que hay muchas anécdotas picarescas de su vida, pero bueno, al final eso será para después....

También me agrada el uso que hace de lo cotidiano extrayendo de él aquello que se encuentra oculto bajo un velo de "normalidad". Los personajes de Ponce están vivos y con el uso que hace del lenguaje logra hacerte sentir TODO lo que narra sea físico o emocional. Y también están los detalles personales, como el asunto del cuento llamado Gato, o que tenga un cuento con el mismo nombre del personaje de mi novela, o que hay ciertas partes de todo lo que leído hasta ahora de él que hace un terrible eco en lo que pienso, siento o estoy viviendo. Pocos autores logran eso en mí.

martes, 17 de julio de 2012

Sin título

La sangre es amarilla


Amarilla como el destello de tu
garganta.

La muerte te ha tocado
no
sé de ti, 
 ni del trabajo mecánico
ni de los animales
ni de esa carretera
que me lleva a una ciudad
que no es mía.

La muerte llama a mi puerta
constante
entonces
quizás en unos
días
yo te alcancé
en ese limbo
de colores pardos
en que viven
las aves de luto.

Pero yo no soy un ave
ni una mariposa
ni una paloma negra
ni una gota de lluvia
ahora mismo no soy nada.



Tengo hojas imaginarias
en donde escribo sobre ti
sobre tus movimientos
tus cantos
y tu aleteo.

Quería añadir un capítulo:
el de tu vacío.
Y me preguntaba
¿por qué la vida de
mi corazón abisal
está habitada de vacíos?
Primero fue una puerta
luego una silla
y ahora una escalera.

Se hizo el sonido:
y
temblé

La coincidencia electrificó mi corazón
porque en el instante en que la pluma
comenzaba a garabatear tu nombre
el sol trajo un mensaje tuyo.

Ya no eres más un vacío
ahora, simplemente
te leo y no te veo.

El suelo tiene sed.

 tengo sed del manantial
de liquen amarillo
verde azul
de esos árboles.




miércoles, 4 de julio de 2012

Zig-Zag



Sombra de luz
amarillaverdeazul.

Danza entre hojas sabor a liquen.

                                                 Entre el musgo se mueve con singular voz

          canta tímidamente

         canta entre las penumbras

            canta a la sombra de un roble

se mira en el espejo
y sólo ve la oscuridad
amarillaverdeazul

sonrisa tímida
carcajada de niño
sus ojos     dos espejuelos pardos



pienso en ti como en un pajarillo
multicolor
enjaulado
por barrotes de madera.
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